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Tema: Pablo reprende a pedro

  1. #1
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    Pablo reprende a pedro

    ESTE TEMA FUE EXPUESTO EN UN FORO DE ADVENTISTAS EN FACEBOOK Y ME LLAMO LA ATENCION, ME GUSTARIA SABER SUS OPINIONES...

    "Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar? Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado." Gál. 2: 11-16.

    ¿Hemos considerado, alguna vez, lo que el apóstol Pedro hizo en Antioquía? Este es un asunto que merece seria consideración.... Los seis versículos del texto que está ante nosotros son impresionantes por muchas razones. Son impresionantes si consideramos la situación que describen: ¡aquí está un apóstol reprendiendo a otro! Ellos son impresionantes cuando pensamos quiénes son los dos hombres: ¡Pablo, el más joven, reprende a Pedro, el anciano! Los versículos son también impresionantes cuando observamos la ocasión: esta no era una falta deslumbrante, no era un pecado escandaloso o enorme. A primera vista, ¡lo que Pedro había cometido no era algo así! No obstante, el apóstol Pablo dice: "… le resistí cara a cara, porque era de condenar". Y va todavía más allá, reprueba públicamente a Pedro, por su error, delante de toda la Iglesia de Antioquía. Y para remate, escribe un relato del asunto, el cual es leído ahora en doscientos idiomas en todo el mundo.

    Creo firmemente que el Espíritu Santo desea que prestemos atención cuidadosa a este texto de las Sagradas Escrituras. Si el cristianismo fuera un invento humano, situaciones como esta no hubieran sido registradas nunca. Un impostor, como Mahoma, hubiera echado tierra a este desacuerdo entre los dos apóstoles. El Espíritu de verdad hizo que estos versículos fuesen escritos para nuestra amonestación y haremos bien en prestar atención a su contenido.

    Hay tres grandes lecciones que podemos sacar de este incidente de Antioquía:

    I. La primera lección es: grandes ministros cometen grandes errores.

    II. La segunda lección es: mantener la verdad de Cristo en Su iglesia es más importante que mantener la paz.

    III. La tercera lección es: no hay otra doctrina sobre la cual deberíamos ser tan celosos como la doctrina de la justificación por la fe, sin las obras de la ley


    La primera gran lección que aprendemos de Antioquía es que los grandes ministros cometen grandes errores.

    ¿Qué prueba más clara podemos tener que lo que está colocado ante nosotros en este texto? Pedro era, sin duda, uno de los más importantes en el grupo de los apóstoles. Era un discípulo antiguo, un discípulo que había recibido ventajas y privilegios peculiares. Había sido un compañero constante del Señor Jesús. Lo había oído predicar, lo había visto realizar milagros, había disfrutado el beneficio de Su enseñanza privada, había sido contado entre Sus amigos íntimos, y entraba y salía con El durante todo el tiempo que El ministró sobre la tierra. Fue el apóstol al cual le fueron entregadas las llaves del reino, y por cuya mano fueron esas llaves usadas por primera vez. Fue el primero que abrió la puerta de la fe para los judíos, predicándoles el día de Pentecostés. Fue el primero que abrió la puerta de la fe a los gentiles, yendo a la casa de Cornelio y recibiéndolo en la Iglesia. Pedro fue el primero en levantarse en el Concilio de Hechos 15 y decir: "Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?" Y aquí vemos a este mismo Pedro, a este mismo apóstol, caer tan claramente en un gran error. El apóstol Pablo nos dice "le resistí cara a cara." Nos dice que "era de condenar". Nos declara que Pedro "tenía miedo de los de la circuncisión". Añade que Pedro y sus compañeros "no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio". Y habla de la "simulación" de ellos. Afirma que por esta simulación hasta Bernabé, su antiguo compañero de trabajos misioneros, fue "también arrastrado".

    ¡Qué cosa tan impresionante! ¡Este es Pedro, Simón Pedro! Este es el tercer error de él que el Espíritu Santo consideró que tenía la importancia de ser registrado. Ya una vez lo encontramos intentando detener a nuestro Señor, mantenerlo tan lejos como podía de la gran obra de la cruz, y fue severamente reprendido. Después lo hallamos negando al Señor tres veces, y ello bajo juramento. Aquí, nuevamente, lo vemos poniendo en peligro la preeminente verdad del evangelio de Cristo. De cierto, podemos decir: "Señor, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes?”

    Todo esto está aquí con la intención de enseñarnos que hasta los apóstoles, cuando no están escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo, estuvieron a veces propensos al error. Este incidente fue registrado con la intención de enseñarnos que los mejores hombres son débiles y falibles mientras estén en el cuerpo. A menos que la gracia de Dios los detenga, cualquiera de ellos puede extraviarse en cualquier momento. Esto es algo muy humillante, pero es muy cierto. Los verdaderos cristianos son convertidos, justificados y santificados, son miembros vivos de Cristo, amados hijos de Dios, y herederos de la vida eterna. Son electos, escogidos, llamados y preservados para salvación. Tienen el Espíritu, pero no son infalibles.

    ¿Acaso la posición y dignidad no confieren infalibilidad? No, ¡no la dan! No importa como se llame: puede ser Zar, Emperador, Rey o Príncipe. Puede ser Papa o Cardenal, Arzobispo u Obispo, Deán o Archidiácono, Sacerdote o Diácono, y aún así, es un hombre falible. Ni la corona, ni la diadema, ni el aceite de la unción, ni la mitra, ni la imposición de manos, pueden impedir que un hombre cometa errores.

    ¿Acaso los números no confieren infalibilidad? No, ¡no la dan! Usted puede congregar príncipes por montones y obispos por centenares, pero cuando están reunidos son todavía susceptibles de error. Puede llamarlos concilio, asamblea, conferencia, o como quiera... No importa, sus conclusiones todavía serán conclusiones de hombres falibles. La sabiduría colectiva todavía puede cometer enormes errores. Bien dice el Artículo 21 de la Iglesia de Inglaterra [la Iglesia Anglicana]: "Los Concilios Generales pueden errar, y a veces se han equivocado, aun en las cosas pertenecientes a Dios".

    "Las controversias religiosas, como se las conduce generalmente, hacen más mal que bien, porque los incrédulos, al ver tanta falta de humildad y mansedumbre, son confirmados en sus dudas y prejuicios". ( Signs of the Times, 12 de mayo, 1881).


    ¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Santiago 3:13

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  2. #2
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    El ejemplo del apóstol Pedro en Antioquía es uno de esos errores que no permanecen aislados. Es un paralelo de muchos otros casos que hallamos escritos, para nuestra enseñanza, en la Biblia. ¿Recordamos al padre de los fieles, Abraham, siguiendo el consejo de Sara y tomando por esposa a Agar? ¿Recordamos a Aarón, el primer sumo sacerdote, escuchando a los hijos de Israel y haciendo un becerro de oro? ¿No recordamos a Natán, el profeta, diciéndole a David que construya un templo? ¿No nos acordamos de Salomón, el más sabio de todos los hombres, permitiendo que sus esposas edificasen sus lugares altos? ¿Nos olvidamos de Asa, el buen rey de Judá, quien en vez de procurar al Señor buscó a los médicos? ¿No recordamos a Josafat, el rey bueno, descendiendo para ayudar al impío Acab? ¿Podemos olvidarnos de Ezequías, otro rey bueno, recibiendo a los embajadores de Babilonia? ¿No nos acordamos de Josías, el último de los reyes piadosos de Judá, saliendo para luchar con el faraón? ¿Nos olvidamos, acaso, de Santiago y Juan cuando desean que caiga fuego del cielo? Estos acontecimientos merecen ser recordados, No fueron escritos sin razón, y gritan en voz alta: "¡No hay infalibilidad! "….

    Esta es una lección que todos necesitamos. Todos tenemos la inclinación natural de apoyarnos en hombres a los cuales podemos ver, en vez de hacerlo en Dios – a Quien no vemos. En forma natural, nos encanta confiar en los ministros de la iglesia visible, en vez de apoyarnos en el Señor Jesucristo, el Gran Pastor, Obispo y Sumo Sacerdote, Quien es invisible. Necesitamos ser advertidos continuamente en cuanto a esto, y permanecer prevenidos contra ello.

    En todas partes veo esta tendencia a apoyarse en el hombre. No conozco ni una sola rama de la iglesia protestante de Cristo que no necesite ser advertida respecto a esto. Es una trampa, por ejemplo, para el anglicano inglés hacer ídolos del Obispo Pearson y el "Juicioso Hooker". Para el escocés presbiteriano la trampa está en depositar su fe en Juan Knox, los Pactistas y el Dr. Chalmers. Para los metodistas de nuestros días el lazo puede ser adorar la memoria de Juan Wesley. Para el independiente el riesgo está en no ver ni una falla en cualquier opinión de Owen y Dodderidge. La trampa para el bautista está en exagerar la sabiduría de Gill, Fuller y Roberto Hall. ¡Todas estas son trampas, y cuántos caen en ellas!

    A todos nos encanta, naturalmente, tener nuestro propio papa. Estamos muy dispuestos a pensar que porque algún gran ministro o algún hombre erudito dice algo, o nuestro propio pastor – a quien amamos – afirma algo, debe ser correcto, sin examinar si está en la Biblia o no. La mayoría siente aversión a pensar por sí mismo. Les gusta más seguir a un líder. Son como ovejas: cuando una cae en el hoyo, el resto la sigue. Aquí en Antioquía, hasta Bernabé fue desviado. Bien podemos imaginar a aquellos piadosos hombres diciendo: "Un apóstol con experiencia, como Pedro, seguramente no puede estar errado. Siguiéndolo, no nos equivocaremos". Y ahora veamos qué lecciones prácticas podemos aprender de esta parte de nuestro asunto.


    "Las controversias religiosas, como se las conduce generalmente, hacen más mal que bien, porque los incrédulos, al ver tanta falta de humildad y mansedumbre, son confirmados en sus dudas y prejuicios". ( Signs of the Times, 12 de mayo, 1881).


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  3. #3
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    a). De una vez por todas, aprendamos a no poner implícitamente nuestra confianza en la opinión de ningún hombre, sólo porque vivió hace muchos cientos de años. Pedro fue un hombre que vivió en la misma época de Cristo, y aun así se equivocó. En nuestros días hay muchos que hablan demasiado sobre "la voz de la Iglesia Primitiva". Para ellos, nosotros tendríamos que creer que quienes vivieron más cerca de la época de los apóstoles deben – desde luego – saber más acerca de la verdad que nosotros. No hay base para tal opinión. Es un hecho que los más antiguos escritores de la iglesia de Cristo están frecuentemente en desacuerdo. Es un hecho que con frecuencia mudaban de forma de pensar y se retractaban de sus mismas opiniones anteriores. También es una realidad que muchas veces escribieron cosas ridículas y sin argumento, mostrando gran ignorancia en sus explicaciones acerca de las Sagradas Escrituras. Es en vano el esperar hallarlos libres de equívocos. La infalibilidad no se encuentra en los primeros padres de la iglesia, sino en la Biblia.



    b). Por otro lado, aprendamos a no confiar implícitamente en la opinión de cualquier hombre sólo por su profesión como ministro. Pedro era uno de los principales apóstoles, y aun así podía errar.

    Este es un punto en el cual los hombres se han desviado continuamente. Es la piedra en la cual tropezó la iglesia primitiva. Los hombres se adhirieron rápidamente al dicho siguiente: "No hagas nada contrario a la forma de pensar del obispo". Pero – ¿qué son los obispos, los sacerdotes y los diáconos? ¿Qué son los mejores ministros sino hombres – polvo, cenizas y barro – hombres que tienen pasiones como las nuestras, expuestos a tentaciones, propensos a debilidades y padecimientos? ¿Qué dice la Biblia? "¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor". 1 Cor. 3:5. Los obispos frecuentemente han llevado la verdad rumbo al desierto, decretando ser verdadero lo que es falso. Los mayores errores fueron iniciados por ministros. Ofni y Finees, los hijos del sumo sacerdote, hicieron que los hijos de Israel aborrecieran la religión. Anás y Caifás, aunque procedían directamente de la descendencia de Aarón, crucificaron al Señor. Arrio, el gran hereje, era ministro. Es absurdo suponer que los hombres, porque son ordenados, no pueden equivocarse. Debemos seguirlos en cuanto enseñen de acuerdo con la Biblia, pero no más allá. Debemos creerles mientras digan "Así está escrito" o "Así dice el Señor" – pero no ir con ellos ni un palmo mas allá de esto. La infalibilidad no se encuentra en hombres ordenados, sino en la Biblia.



    c). Aprendamos, además, a no poner nuestra confianza implícita en la opinión de ningún hombre, meramente por su erudición. Pedro era un hombre que tenía dones milagrosos, y podía hablar en lenguas. Aun así erró.

    Este es, una vez más, un punto en el cual podemos equivocarnos. Esta es la piedra en la cual tropezaron muchos en la Edad Media. Los hombres veían a Tomás de Aquino, Duns Scotus, Pedro Lombardo y muchos de sus compañeros como casi inspirados. Como muestra de su admiración, les colocaron epítetos hablando de ellos como "el doctor incomparable", "el doctor seráfico", "el doctor irrefutable", y parecían pensar que, lo que sea que dijeran, ¡debería ser verdad! Pero, ¿qué es el más erudito de los hombres si no es enseñado por el Espíritu Santo? ¿Qué es el más sabio de todos los clérigos, en su mejor expresión, sino un mero hijo de Adán, falible? El vasto conocimiento de libros y la gran ignorancia de la verdad de Dios pueden ir juntos. Así ha sido, así es y así será en todas las épocas. Yo me comprometería a decir que los dos volúmenes de las "Memorias y Sermones" de Robert M'Cheyne han hecho mayor beneficio a las almas de los hombres que cualquier obra que Orígenes o Cipriano hayan escrito. No dudo que la obra, El Peregrino, escrita por un hombre [Juan Bunyan] que difícilmente conocería otro libro aparte de su Biblia, y que, no sabía ni griego ni latín, mostrará en el día final haber sido más úti1 para el beneficio del mundo que todas las obras de los hombres de letras. Aprender es una capacidad que no debería ser despreciada. Es malo cuando los libros no son apreciados en la Iglesia. Pero también es impresionante observar cuán grandes pueden ser los logros intelectuales de un hombre, y aun así ver qué poco puede saber de la gracia de Dios. No tengo dudas de que las autoridades de Oxford en el siglo pasado sabían más hebreo, griego y latín que Wesley, Whitefield, Berridge o Venn. Pero también sabían poco del evangelio de Cristo. La infalibilidad no se encuentra entre los hombres eruditos, sino en la Biblia.



    d). Aprendamos, también, a no poner nuestra confianza implícita en la opinión de nuestro propio pastor, sin importar cuan piadoso pueda ser. Pedro era un hombre de muchísima gracia, y aun así se equivocó.

    Su pastor puede ser realmente un hombre de Dios y digno de todo honor por su predicación y práctica, pero no lo convierta en un papa. No equipare su palabra con la Palabra de Dios. No lo eche a perder por medio de lisonjas. No permita que él suponga que no pueda equivocarse. No apoye todo su peso sobre la opinión de su pastor, o se dará cuenta – a costa de usted mismo – que él puede errar.




    "Las controversias religiosas, como se las conduce generalmente, hacen más mal que bien, porque los incrédulos, al ver tanta falta de humildad y mansedumbre, son confirmados en sus dudas y prejuicios". ( Signs of the Times, 12 de mayo, 1881).


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  4. #4
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    Está escrito de Joás, rey de Judá, que hizo "lo recto ante los ojos de Jehová todos los días de Joiada el sacerdote", (2 Crón. 24:2). Joiada murió, y con él murió la religión de Joás. Igualmente puede morir su pastor y con él la religión de usted. La religión de él puede cambiar, y sucederá lo mismo con la suya. Puede acontecer que se retire, y la espiritualidad de usted con él. Nunca se sienta satisfecho con una religión edificada sobre un ser humano. No se contente con decir "Tengo esperanza porque mi propio pastor me ha dicho esto y esto." Procure poder decir: "Tengo esperanza porque la hallé escrita así y así en la Palabra de Dios". Para que su paz sea sólida, debe ir por si mismo a la fuente de toda verdad. Si quiere que su consuelo sea duradero, debe visitar por si mismo el pozo de la vida y sacar agua fresca para su propia alma. Los ministros pueden desviarse de la fe. La iglesia visible puede ser disuelta, pero aquel que tiene escrita la Palabra de Dios en su corazón, tiene una base firme debajo de sus pies, que nunca fallará. Honre a su ministro como un embajador fiel de Cristo, téngalo en alta estima y amor por causa de la obra que realiza, pero nunca olvide que la infalibilidad no se encuentra en los ministros piadosos, sino en la Biblia.

    Las cosas que he mencionado son dignas de tenerse en mente y recordarse. No las olvidemos y habremos aprendido una lección de Antioquía.



    II. La verdad es más importante que la paz


    Paso ahora a la segunda lección que aprendemos de Antioquía. Esa lección es: mantener la verdad de Cristo en Su Iglesia es más importante que mantener la paz.

    Supongo que ningún hombre conocía mejor el valor de la paz y la unidad que el apóstol Pablo. El fue el apóstol que escribió a los corintios sobre el amor, él fue el apóstol que dijo "Unánimes entre vosotros"; "Tened paz entre vosotros"; "sintamos una misma cosa;" "el obispo... no [debe ser] pendenciero;" "[hay] un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo". El fue el apóstol que dijo: "a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve algunos" (Rom. 12:16; 1 Tes. 5:13; Fil. 3:16; 1 Tim. 3:3; Efe. 4:4, 5; 1 Cor. 9:22). Sin embargo, ¡vean cómo actúa aquí! Resiste a Pedro en la cara, públicamente lo reprende, corre el riesgo de todas las consecuencias que puedan desatarse. Se arriesga a que los enemigos de la iglesia de Antioquía se aprovechen de esto y lo usen contra la iglesia. Sobre todo, escribe esto para que sea recordado siempre, para que nunca sea olvidado, y para que en todo lugar donde sea predicado el evangelio, sea conocida y leída por todos esta reprensión pública a un apóstol equivocado.


    Ahora, ¿por qué hizo esto? Porque sentía pavor de la falsa doctrina, – porque sabía que un poco de levadura fermenta toda la masa, – porque eventualmente iba a enseñarnos que debemos contender celosamente por la verdad, y a temer más a la pérdida de la verdad que a la pérdida de la paz.

    El ejemplo de San Pablo es uno que haríamos bien en recordar en nuestros días, cuando muchos se conforman con cualquier cosa en religión, con tal de tener una vida tranquila. Ellos tienen un miedo horrible de cualquier situación que puedan llamar "controversial". Sienten espanto de lo que denominan, en forma vaga, "espíritu partidista"– aunque nunca definen claramente lo que es "espíritu partidista". Están poseídos de un deseo insano de mantener la paz, y de hacer de todas las cosas algo suave y placentero, aunque sea a expensa de la verdad. Mientras disfrutan de calma exterior, tranquilidad, quietud y orden, parecen contentos de dejar de lado cualquier otra cosa. Creo que ellos habrían ayudado a los príncipes de Judá cuando pusieron a Jeremías en prisión, para acallar su boca. No tengo duda de que muchos de estos hombres de los cuales estoy hablando, habrían pensado que Pablo fue un hombre imprudente en Antioquía, ¡y que se excedió!

    Me parece que todas esas formas de pensar están erradas. No tenemos derecho de esperar nada diferente que el evangelio puro de Cristo, sin mezclas ni adulteraciones – el mismo evangelio que fue enseñado por los apóstoles – hará bien a las almas de los hombres. Creo que para mantener esta verdad pura en la iglesia los hombres deberían estar prontos a cualquier sacrificio, a arriesgar la paz, a estar en peligro de disensión, a correr el riesgo de la división. No deberían tolerar más la falsa doctrina de lo que tolerarían el pecado. Deberían ponerse en contra de cualquier añadidura o desviación del sencillo mensaje del evangelio de Cristo.

    Por causa de la verdad, nuestro Señor Jesucristo denunció a los fariseos aunque ellos se sentaban en la cátedra de Moisés y eran los señalados y autorizados profesores de los hombres. “Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas", dice Jesús ocho veces en el capítulo 23 de Mateo. ¿Y quién se atreve a sugerir cualquier sospecha de que estaba errado?

    Por la verdad, Pablo se enfrentó y culpó a Pedro, aunque era un hermano. ¿Dónde estaba la utilidad de la unidad cuando no había doctrina pura? Y ¿quién se atreve a decir que él estaba errado?

    Por la verdad, Atanasio se puso firme contra el mundo para mantener pura la doctrina de la divinidad de Cristo, y sostuvo una controversia con la gran mayoría de la iglesia profesante. Y ¿quién osará decir que estaba errado?

    Debido a la verdad, Lutero rompió la unidad de la Iglesia en la cual había nacido, denunció al Papa y todos sus métodos, y puso el fundamento de una nueva enseñanza. Y ¿quién se atreverá a decir que Lutero estaba equivocado?

    . Que nunca seamos engañados por aquellos que hablan de esto favorablemente. Recordemos las palabras de Cristo: "No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada". Mat. 10:34. Recordemos el elogio que El da a una de las iglesias en Apocalipsis: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos." Apoc. 2:2. No olvidemos la acusación que hace contra otra: “... toleras que esa mujer Jezabel,... enseñe." Apoc. 2:20. Nunca seamos culpables de sacrificar cualquier porción de la verdad sobre el altar de la paz. En vez de eso, seamos como los judíos, quienes, si encontraban alguna copia manuscrita del Antiguo Testamento que estaba incorrecta en una sola letra, la quemaban en su totalidad, en vez de correr el riesgo de perder una jota o una tilde de la Palabra de Dios. No nos contentemos con nada que sea menos que el evangelio de Cristo en su totalidad.



    "Las controversias religiosas, como se las conduce generalmente, hacen más mal que bien, porque los incrédulos, al ver tanta falta de humildad y mansedumbre, son confirmados en sus dudas y prejuicios". ( Signs of the Times, 12 de mayo, 1881).


    ¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Santiago 3:13

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    Paso ahora a la tercera lección de Antioquía. Esa lección es: no hay otra doctrina sobre la cual deberíamos ser tan celosos como la doctrina de la justificación por la fe, sin las obras de la ley.

    La prueba de esta lección aparece prominentemente en el texto de la Biblia que encabeza este estudio. ¿Qué artículo de fe había negado Pedro en Antioquía? Ninguno. ¿Qué doctrina falsa había predicado públicamente? Ninguna. Entonces, ¿qué era lo que había hecho? Había hecho lo siguiente: Después de haber estado en compañía de los creyentes gentiles como "coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio" (Efe. 3:6), de repente comenzó a espantarse de ellos y a hacerse a un lado. Parecía pensar que ellos eran menos santos y aceptables ante Dios que los judíos circuncidados. Daba la impresión de querer decir que los creyentes gentiles se hallaban en un grado de espiritualidad más bajo que aquellos que habían guardado las ceremonias de la ley de Moisés. En resumen, parecía agregar algo a la fe simple para dar al hombre aceptación por Jesucristo. Daba la impresión de responder a la pregunta “¿Qué debo hacer para ser salvo?” no meramente con “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”, sino con la expresión “Cree en el Señor Jesucristo, y sé circuncidado y guarda las ceremonias de la ley.”

    El apóstol Pablo no iba a tolerar ni un momento una conducta como esta. Nada lo conmovía más que la idea de agregar algo al evangelio de Cristo. "Le resistí", dice, "cara a cara". El no sólo le reprendió, sino que registró el incidente en su totalidad cuando, por inspiración del Espíritu Santo, escribió la Epístola a los Gálatas.

    Les invito a que presten especial atención en este punto. Pido a los hombres que observen el celo notable que el apóstol Pablo muestra respecto de esta doctrina, y que consideren el punto por el cual fue creado un debate. Notemos en este pasaje de las Sagradas Escrituras la importancia inmensa de la justificación por la fe sin las obras de la ley. Aprendamos aquí cuáles fueron las poderosas razones que los reformadores de la Iglesia Anglicana tuvieron para denominar esta doctrina en nuestro Artículo Decimoprimero, "la doctrina más saludable y más llena de consuelo".



    a). Esta es una doctrina que es esencialmente necesaria para nuestro consuelo personal. Nadie en la tierra es un hijo de Dios real y un alma salva hasta no ver y recibir la salvación por la fe en Cristo Jesús. Nadie tendrá jamás una paz sólida y una seguridad verdadera hasta que abrace con todo su corazón la doctrina por la cual "somos tenidos por justos en base a los méritos de nuestro Señor Jesucristo, por la fe, y no por nuestras propias obras y merecimientos." Una razón, creo yo, por la cual tantos profesos cristianos en nuestros días están perturbados, disfrutan de poca tranquilidad y sienten poca paz, es su ignorancia en este punto. Ellos no ven claramente la justificación por la fe sin las obras de la ley.



    b). Esta es la doctrina que el gran enemigo del alma odia y trabaja para trastornar. El sabe que ella revolucionó al mundo en el comienzo mismo del evangelio, en los días de los apóstoles. Sabe que ella volvió a hacerlo de nuevo en los días de la Reforma, y por eso está siempre tentando a los hombres para rechazarla. Está siempre buscando seducir a las iglesias y ministros a negar u oscurecer la verdad de esta doctrina. No sorprende, entonces, que el Concilio de Trento haya dirigido su ataque principal contra esta doctrina y la haya declarado maldita y hereje. Tampoco causa sobresalto que muchos que piensan de sí mismos como eruditos denuncien en nuestros días esta doctrina como jerigonza teológica, y afirmen que "todas las personas de buena fe" son justificadas por Cristo, ¡bien sea que tengan fe o no! En verdad la doctrina de la justificación es toda hiel y ajenjo para los corazones incrédulos. Ella satisface las necesidades del alma que ha sido despertada. Pero el hombre orgulloso que no se humilla, ni reconoce su propio pecado, ni ve su propia debilidad no puede recibir la verdad de esta doctrina.



    c). La ausencia de esta doctrina da razón por la mitad de los errores de la Iglesia Católica Romana. La base de la mitad de los errores antibíblicos de los papistas puede hallarse en su rechazo de la justificación por la fe. Ningún maestro romanista, si es fiel a su iglesia, puede decir al pecador ansioso "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo". No puede hacerlo sin adiciones y explicaciones, las cuales destruyen completamente las buenas nuevas. No se atreve a dar la medicina del evangelio sin agregar algo que destruya su eficacia y neutralice su poder. El purgatorio, la penitencia, la absolución sacerdotal, la intercesión de los santos, la adoración de la Virgen y muchos otros servicios humanos del papismo, provienen todos de esta fuente. Todos son soportes podridos para sostener conciencias cansadas. Pero con la negación de la justificación por la fe todos son colocados como necesarios.



    d). Esta doctrina es absolutamente esencial para el éxito de un ministro entre su gente. La falta de claridad en este punto daña todo. La ausencia de afirmaciones claras sobre la justificación impedirá que el celo máximo logre hacer algún bien. Puede haber mucho de agradable y lindo en los sermones de un ministro, mucho sobre Cristo y la unión sacramental con El, mucho sobre la negación de sí mismo, mucho sobre la humildad, mucho sobre el amor – pero todo esto será de poco provecho si su trompeta da un sonido incierto sobre la justificación por la fe sin las obras de la ley.



    e). Esta doctrina es absolutamente esencial para la prosperidad de una iglesia. Ninguna iglesia en la cual no sea expuesta claramente esta doctrina, será saludable. Una iglesia puede tener buena organización, ordenar continuamente ministros, y ministrar los sacramentos adecuadamente, pero no verá que la conversión de almas suceda bajo sus púlpitos cuando esta doctrina no es predicada plenamente. Pueden hallarse sus escuelas en cada parroquia, sus templos pueden ser impresionantes a la vista , pero no habrá bendición de Dios sobre dicha iglesia a menos que la justificación por la fe sea proclamada desde sus púlpitos. Tarde o temprano su candelero será quitado de su lugar....

    Si eso es así, Pablo puede muy bien ser celoso y resistir a Pedro cara a cara. El puede muy bien sostener la idea de que todo debería ser sacrificado en vez de poner en peligro la doctrina de la justificación en la iglesia de Cristo. Vio las cosas futuras con ojo profético y nos dejó un ejemplo que haríamos bien en seguir. No importando lo que toleremos, no permitamos que se haga ningún daño a esta bendita doctrina, que somos justificados por la fe sin las obras de la ley.

    Estemos siempre prevenidos contra cualquier enseñanza que, directa o indirectamente, quite brillo a la justificación por la fe. Todos los sistemas religiosos que ponen algo diferente a la fe simple, entre Jesús y el cargadísimo pecador, son peligrosos y antibíblicos. Todos los sistemas que rediseñan la fe para ser algo complicado, algo que no es simple, algo diferente a una dependencia como la de un niño, algo distinto al sentimiento de una mano que recibe la medicina para el alma de parte del médico, son sistemas venenosos e inseguros. Todos los sistemas que desacreditan la simple doctrina protestante que derrotó el poder de Roma, llevan consigo la mancha de una plaga y son peligrosos para las almas....

    Cuando oigamos enseñanzas que obnubilen o contradigan la doctrina de la justificación por la fe, podemos estar seguros que falta una pieza en algún sitio. Deberíamos estar vigilantes contra una enseñanza tal y estar en guardia. Una vez que la persona se equivoca en cuanto a la justificación, se despide asimismo de seguridad, paz, esperanza viva y a cualquier cosa parecida a la certeza en su cristianismo. Un error en esto es como tener un gusano en la raíz.
    "Las controversias religiosas, como se las conduce generalmente, hacen más mal que bien, porque los incrédulos, al ver tanta falta de humildad y mansedumbre, son confirmados en sus dudas y prejuicios". ( Signs of the Times, 12 de mayo, 1881).


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